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miércoles, 28 de septiembre de 2011

Cuando llegue el día


cuando llegue el día

y la palabra se me llene de bocas

seguramente tendré algo que decirte

o tal vez, prefiera guardar silencio

y me dedique solo a contemplarte.


cuando llegue el día

te morderé los labios

y la punta de mis dedos

resbalarán por tu espalda

y se posarán en tu cintura

para hacerte sentir esa electricidad

que corre por mi cuerpo

cuando te acercas o al menos

te ponés al alcance de mis ojos.


cuando llegue el día,

no se que pasará cuando llegue el día

de lo único que estoy seguro

es que para mi será inolvidable

y que vos lo vas a recordar

aunque sea por un ratito.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Llegar al fondo




¿cómo escribir un poema
que hable de llegar al fondo y no llegar al fondo
que no se trate de fosas / de muertos o de tristes
que no pretenda salir del fondo antes de llegar
y no quedar inmerso en el abismo?

Era un néctar exquisitamente mortal. Allí estaba mi tentación. Sobre la mesa, una bolsa y toda a mi disposición, nadie había, nadie me vería, nadie se enteraría. Tome la tarjeta de mi billetera, abrí la bolsa y tomé una pequeña cantidad, la suficiente para sentirme bien. Detrás de ella vino una segunda y luego otra vez y otra.

Blanco mármol, blanco nieve, piso y paredes blancas.

Quiero más y más y no puedo parar ¿Qué vendrá después? Solo depresión, solo tristeza. Ella me hacía sentir bien y bailo, solo, con mis muertos, conmigo mismo. Giro y giro sin necesidad de música. Me río y lloro sin saber bien porque. Otra raya.

El mundo también gira y gira ¿Reirá y llorará también? No, solo ríe.

Soy un buen pibe ¿Por qué me pasa esto? Ya no bailo, todo baila menos yo. Un buen pibe, de que sirve eso ahora, ni eso ni nada. Estoy mareado y casi no puedo respirar. Me muevo a los tumbos por la habitación. Siento que todo se achica. Ni siquiera puedo alcanzar la bolsa. Quiero más. Aspiro más. Caigo.

Chupetines-escuela primaria-bolitas y figuritas-adolescencia-primer beso-el secundario-sexo-esto que me mata-el calabozo-Érica-la internación-más de esto-esta habitación-la bolsa-mi baile- mi risa y llanto y  la caída.








viernes, 2 de septiembre de 2011

Una historia (inconfundible)


Había elegido para la ocasión su mejor atavío, aquel vestido turquesa que le sentaría muy bien con sus zapatos nuevos, los aretes y la cartera de cuero que había comprado para una ocasión especial como esta. Después de ducharse, se tomó su tiempo para maquillarse, como había aprendido algo de cosmetología, optó por aquellos cosméticos que la harían lucir perfecta.

Se sentía feliz, no hacía mucho tiempo que conocía a Jorge, pero intuía que había llegado el momento de que las cosas avanzaran, era inconfundible aquella alegría que manaba de sus poros, inconfundible la prisa de su corazón, inconfundible su ansiedad.

Se tomó su tiempo para vestirse, se perfumó, revisó su cartera para que no faltara nada, salió de su departamento, echo llave a la puerta, caminó hacia el ascensor que estaba justo en el piso, presionó el botón de planta baja, le transpiraban las manos, las secó con su pañuelo, al llegar descendió, se dirigió hacia la puerta del edificio, la abrió, se asomó por el porche a la vereda y comenzó a caminar por la misma; todo con una sonrisa.

A la vuelta de la esquina estaba la barra de pibes que siempre la molestaban, ella sabía que estaban allí, porque siempre estaban, sabía que al pasar por la vereda de enfrente le gritarían “marica” porque siempre lo hacían, pero como siempre, ella los ignoraría, los veía como si fuesen plantas o mejor aún, hierba mala que siempre crece en el lugar menos pensado.

Al llegar a la casa de él se acomodó el vestido turquesa y el orgullo la hizo erguirse un poco más. Tocó el timbre y él la recibió con un beso en la comisura de los labios, la hizo pasar y la invitó a sentarse en el sofá, se sentía una reina, era inconfundible su emoción, inconfundible el nerviosismo que la hacía parecer una adolecente inexperta, inconfundible que se estaba enamorando de él, tan dulce, tan tierno, tan caballero.

La mesa estaba servida, y de fondo una dulce música melódica aclimataba el ambiente, un rato después de conversar sobre bueyes perdidos el la invitó a sentarse a la misma y ella se sentó y sintió orgullosa. Comieron y conversaron durante un largo rato, todo era perfecto y nada podía romper esa armonía.

Un dedo de él que tocaba uno de ella. Alguna palabra suave. Una caricia sobre su rostro le acomodaba el pelo descubriéndole totalmente la cara llevó todo al lógico final. Fueron a la alcoba y ella se quitó su vestido turquesa, él también hizo lo mismo con su ropa. Ella jamás se había sentido tan amada, tan mujer.

Tras amarse durante toda la noche llegó la hora de partir, el momento de la despedida. Sobre la mesa que aún albergaba los platos y cubiertos de la velada romántica acomodó su cartera y volviéndose hacia él le preguntó “¿Cuándo nos volvemos a ver?” Pero para sorpresa de ella él se echó a reír “¿Cuándo qué?” inquirió juntando los dedos de su mano derecha y haciendo un movimiento vaivén de arriba hacia abajo “Tomatelá… puto” le espetó con una “u” prolongada lo que ampliaba la humillación.

Era inconfundible su ofensa, era inconfundible su dolor, era inconfundible su sorpresa llena de angustia y de pena.

Apoyada de espalda en la mesa, su mano avanzó lentamente mientras en sus oídos aún sonaban los insultos y la burla, y tocó el áspero cabo de madera de un cuchillo.

“Puto” le había dicho, destruyéndola. Su mano apretó con fuerza. “Puto”. Ceguera.

Sintió el peso del cuerpo de él y aflojó su mano, sintiéndola húmeda, manchada, viscosa.

Se acomodó su vestido turquesa, tomó su cartera de cuero y se marchó.