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domingo, 17 de octubre de 2010

La batalla del tiempo

Porque el tiempo es una rueda
y rueda es eternidá -
y si el hombre lo divide
solo lo hace en mi sentir
para saber lo que ha vivido
o le resta por vivir.
(José Hernandez – Martín Fierro)

Gutierrez sabía que iba a morir. Aguardaba en su celda el momento de enfrentar el pelotón de fusilamiento. En su muñeca izquierda las agujas del pequeño reloj que Natalia le había regalado hacía un tiempo atrás, avanzaban de manera metódica, sin arrepentimientos.
Una hora quince, nada en los cuarenta y cinco años que le precedieron, los que eran nada a su vez en la inmensidad del tiempo del universo.
Miró con una ligera sonrisa la marcha inexorable del segundero. El delgado elemento plástico de color metalizado parecía ponerse en su contra.
Sabía que una firma, una simple firma sobre un papel detendría el tiempo, entonces sería él el que ser reiría de las agujas burlonas y severas.
Una hora con cuatro minutos, el frío ruido de las llaves en la cerradura de su celda le dieron paso a una sotana con sus artificios. La rechazó. Tiempo perdido, no era la firma, cincuenta y ocho minutos.
Se acostó en su catre y dormitó, entre sueños recordó la lectura de sentencia del tribunal marcial hasta los cuarenta y cinco minutos en el que volvió a mirar el avance de su enemigo. Entonces el que se paró frente a la puerta de su celda fue su abogado. Hasta el momento no había ninguna novedad. Le pidió que se retire. Quería estar solo con su reloj que se agrandaba y ocupaba todo el espacio de su celda.
Treinta y un minutos, un médico y un enfermero ingresaron a su celda para administrarle un calmante, les pidió que no lo hicieran, que se sentía tranquilo.
Se quedó sentado, mirando el reloj, concentrado en su movimiento infinito, incansablemente circular, hasta los dieciséis cuando los oficiales entraron en su celda y le pidieron que los acompañara. Las esposas en su espalda hicieron que perdiera su contacto visual, sin embargo las agujas continuaban su marcha ahora invisible.
El reloj, lejos de su vista aumentaba su peso en cada segundo convirtiéndose en algo insoportable.
Lo ubicaron frente al pelotón, dos minutos, rechazó que le colocaran la venda en su ojos. No era necesario. Se leyeron las causas y sentencia. Estaba solo con su reloj.
Unos metros a la izquierda, cercada por soldados, Natalia lloraba incontenible. A la derecha, el oficial al mando daba las órdenes, PREPAREN, diez, nueve, ocho, siete seis, APUNTEN, cuatro, tres, dos, uno, FUEGO.
Después del tiro de gracia, el oficial quitó el triunfante reloj de la muñeca de Gutierrez y se lo entregó a Natalia, que desgarrada por el dolor, caía desvanecida.

8 comentarios:

  1. Muy fuerte el relato...realmente impresionante. Me ha conmovido desde el principio. Gracias por pasar a visitarme y estamos en contacto. Un abrazo.

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  2. uffff, desgarrador, diría. así como tu cierras tu excelente relato.
    un abrazo

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  3. Increíble. Has conseguido transportarme completamente dentro de la historia, no solo porque veía a Gutierrez observando su reloj de muñeca a cada minuto que pasaba sinó poque incluso me has puesto la piel de gallina con tus palabras.


    Impresionante entrada. Besos grandes.

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  4. Querido Claudio:siempre es muy grato poder leerte,sabes transmitir lo que sientes.
    Gracias por todo.

    un beso grande

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  5. Muy duro, pero no podía estar descrita mejor esta historia.

    Gracias por pasarte por mi blog, y así poder descubrir tu espacio.

    Saludos

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  6. Caray me costó acabar de leerlo porque suponía su final, aunque confieso que guardaba la esperanza de esa firma que le salvaría. Es crudo, pero engancha del todo.

    Besitos.

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  7. Gracias Claudio por tus palabras en mi blog. Considero valiosa tu opinión y es bueno que entre escritores nos nutramos de los nuestros textos.
    Me gustó mucho el relato que escribiste, la tensión desplegada,logró que no deslizara mi vista hacia otro lado que no sea esta escritura.
    Especialmente me llegaron dos imagenes muy fuertes para mi, hermosas:
    "Quería estar solo con su reloj que se agrandaba y ocupaba todo el espacio de su celda."
    "El reloj, lejos de su vista aumentaba su peso en cada segundo convirtiéndose en algo insoportable."
    Te felicito. Un saludo
    Blanca Correa
    www.amanecelapalabra.blogspot.com

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  8. Una tensión que se escucha. Tic, tac...

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