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jueves, 15 de julio de 2010

El Matadero

“La sala de la casilla tenía en su centro una grande y fornida mesa, de la cual no salían los vasos de bebida y los naipes sino para dar lugar a las ejecuciones y torturas de los sayones federales del Matadero.”
Esteban Echeverría – El Matadero



El Negro bajó del tren como todas las tardes, a las siete, después de un viaje agotador donde los obreros, tras su jornada de trabajo, viajaban abarrotados. Se acomodó el bolso y se dispuso a rumbear para su casa, mientras husmeaba por los bolsillos de su vestimenta buscando algunas monedas para comprar una torta asada en la parrilla del salteño.
Caminó unos pasos, como distraído y con la respiración que se le entrecortaba por el agotamiento. “Tres pesos, me alcanza justo”, pensó, y se apresuró a cruzar la avenida antes de que se levantaran las barreras del paso a nivel y la andanada de autos transformara esta acción en una labor prácticamente imposible.
Apenas terminó de cruzarla cuando un hombre de civil se le interpuso en el camino, mostrando su placa de policía le espetó:
─ Brigada de investigaciones, documentos.
El Negro lo había extraviado hacía dos semanas atrás. La falta de tiempo y de dinero no le permitían iniciar el trámite para recuperarlo.
─ No tengo – le dijo – los perdí hace unos días y no tuve tiempo… - no lo dejo terminar- Contra la pared – le ordenó. El Negro se dio cuenta de que no era uno sino tres los agentes del orden vestidos de civil. Sus manos apoyadas contra la fría pared le hacían temer por lo que vendría.
La requisa humillante manoseo todo su cuerpo, del bolsillo trasero de su pantalón el policía sacó un pequeño cilindro de papel.
- ¿Y esto?- le preguntó.
- Consumo personal- se defendió el Negro.
- ¿Consumo personal? Así que sos canchero…
El agente de la Brigada le bajo los brazos y le colocó las esposas, tomándolo del brazo izquierdo lo subió al asiento trasero de un auto desvencijado con el que patrullaban y se sentó a su lado, los otros dos subieron adelante y se marcharon derrapando.
El Negro pronto se dio cuenta de que no se dirigían hacia la comisaría y les pregunto:
- ¿Dónde me llevan?
El chofer, un tipo joven, rubio y de buen aspecto y el acompañante, narigón, algo mayor y de aspecto desagradable, seguían mudos, casi negando la existencia del Negro.
- Callate- le dijo el otro sin mirarlo. Y no volvió a pronunciar palabra. El Negro se dio cuenta que lo mejor sería guardar silencio.
Tomaron por una ruta provincial rumbo al centro y unos diez minutos después doblaron por una calle de tierra.
- Perdón, pero por favor ¿Adonde vamos?
Una trompada en sus costillas fue toda la respuesta que recibió del otro. El Negro volvió a comprender.
Unas cuadras más adelante, el auto se detuvo frente a un chalet pequeño y bastante descuidado. El rubio se bajó primero y abrió la puerta de la casa mientras el narigón vigilaba en todas direcciones. Sacando su arma reglamentaria de la cintura, el otro rompió el silencio:
- Bajamos acá- le dijo mientras lo sostenía del brazo. Descendieron del auto y entraron a la casa – es una pena que seas tan atrevido, pareces un pibe macanudo.
- ¿Atrevido por qué señor? – preguntó el Negro casi rogando.
El otro le respondió con un golpe con la culata de su pistola. El Negro con sus labios rotos cayó al piso, suave, como dejándose llevar hacia el infierno.
- Acá hablás cuando se te pida que hables. Turco, hacele la ficha – le ordenó al narigón – ya que le gusta tanto hablar, vamos a darle el gusto.
El narigón lo tomo del brazo y lo llevó a la cocina que hacía las veces de despacho, puso una hoja de papel sin membretes en la Olivetti y comenzó a interrogarlo.
- ¿Nombre y apellido?
- Juan Cesar Alderete.
- ¿Ocupación?
- Pintor.
- ¿Edad?
- Veintitrés
- ¿Quién te vende la droga, pibe?
- Pero señor, era solamente un porro.
- Mirá varón, el Gato suele ponerse un poco nervioso cuando las cosas no le salen como a él le gusta que salgan, por eso es un poco agresivo como te habrás dado cuenta. Por lo tanto, te sugiero, dame el nombre de quien te vendió la falopa y te vas a tu casa feliz y contento.
- No se como se llama, en realidad prácticamente ni lo conozco, el chabón transa en el furgón del tren y yo le compré, fumo uno cada tanto, no soy adicto, si me dejan ir les prometo que no fumo nunca más.
- No papi, yo no soy tu viejo, no me sirve que prometas, decime quién te vende y te vas.
- Ya le dije que no sé.
El Turco movió la cabeza con desconcierto y lo miró fijamente – está bien – le dijo - te dejo la noche para que reflexiones, mañana hablamos. Llamó al rubio.
- Angelito – le dijo – llevateló, se terminó el interrogatorio.
El rubio lo llevo a una de las habitaciones del chalet que hacía las veces de celda y le hizo quitar el cinturón y los cordones de los zapatos y lo dejo encerrado, a oscuras, en la misma solo había un colchón húmedo que estaba en el piso, y un tarro de pintura que era utilizado como letrina y del que salía un olor espantoso.
El Negro se acostó vestido, temblando de frío y de miedo, la noche ya había avanzado y tenía hambre y algo de sed y como aún no le habían quitado las esposas tenía los brazos entumecidos y las muñecas doloridas. Pero sabía que el solo hecho de pedir que se la quiten podría traer como resultado nuevos golpes.
La angustia ya se había apoderado de él, y se desesperaba pensando “¿Algún conocido habrá visto que se lo llevaron?”, “¿le habrán avisado a la Mary?”, “¿Y si me pasa algo, que va a ser del pibe que viene en camino?”. La desesperación le había ganado por completo, las lágrimas le empapaban la cara; y así, llorando, se quedó dormido.
Lo despertó el golpe frío del agua helada. Parado a su lado, estaban el rubio al que el narigón llamó “Angelito”, con un balde en la mano y el otro al que llamaban “el Gato”. Este le preguntó:
- Y pibe ¿Te acordás ahora de quién te vendió la droga?
- Ya les dije que no sé, que se la compré a un vago que transa en el furgón del tren.
- ¿Y cómo dijiste que se llamaba?
- No sé señor, no sé – y rompió en llanto – por favor les pido que me dejen ir, nunca tuve antes problemas con la policía ni quiero tenerlos.
El Gato giró sobre si mismo y comenzó a retirarse, Angelito le propinó un puntapié en la boca que logró que el Negro escupiera borbotones de sangre junto a dos dientes.
- No te olvides – le dijo – hacé memoria.
Una hora después entró el Turco, algo pasado de copas, queriendo arrancarle la declaración y demostró su verdadera naturaleza, golpeándolo en toda su humanidad con un bastón de goma. Los golpes caían uno tras otro en el físico flaco del Negro y lo dejaron tendido e inconsciente sobre el colchón ensangrentado.
No supo nunca el Negro cuanto tiempo tardó en volver en sí, pero la desesperación por lo que le podía pasar y por la situación que estaría viviendo su familia lo desesperaba cada vez más y pensó en dar un nombre cualquiera para que así lo liberaran. Pero también se daba cuenta que tras esa respuesta vendrían más preguntas y más golpes. “Mary” se decía “Mary por favor ayudame” pero Mary no podía escucharlo.
La oscuridad de la habitación y sus manos esposadas por la espalda, la desesperación y los golpes, le quebraban su voluntad.
- Déjenme ir – murmuraba – por favor – suplicaba llorando.
La puerta se abrió de repente y los tres agentes entraron en la habitación. El Gato lo tomó del pelo y lo obligó a ponerse de cuclillas, el dolorido cuerpo del Negro se tambaleaba.
- ¿Y, te acordás ahora como se llama el transa?
El Negro movió la cabeza negativamente – No sé, les repito que no se como se llama.
Angelito calculó la distancia y le propinó un puntapié en la oreja derecha que le generó al Negro un zumbido agudo acompañado de un dolor intenso. No pudo mantener el equilibrio y cayó de bruces al suelo mientras que la sangre tibia que le manaba del oído le empapaba la cara y llegaba hasta su boca.
- Acuña ¿Qué hacemos con este? – le preguntó el Turco al Gato.
- Y que vamos a hacer, seguir dándole hasta que se decida a hablar el hijodeunagranputa- Acuña sacó de uno de los bolsillos una bolsa de nylon. Volvió a tomar al Negro del pelo y lo sentó de cuclillas. Le colocó la bolsa en la cabeza, impidiéndole respirar. Los segundos pasaban y él ya no soportaba más la falta de aire, se ahogaba, no quería morir así, en ese lugar y en esas condiciones. Pensó en Mary y en su hijo y se desmayó.
A la madrugada siguiente Angelito volvió a echarle encima un balde de agua helada cual ritual para despertarlo.
- Debés tener hambre – le dijo, y le arrojó un pedazo de pan cerca de la boca. El Negro que seguía con las manos esposadas a su espalda debió encorvarse para poder morderlo, apenas podía moverse, los hematomas que cubrían su cuerpo apenas se lo permitían, finalmente el dolor que sentía en su boca por el puntapié que le había propinado Angelito el día anterior, le obligó a escupirlo.
Unos minutos después entraron los tres a la habitación, el terror del Negro hizo que intentara arrastrarse para refugiarse en ningún lugar. Los tres reían. El Turco lo tomó del cuello de la camisa.
- ¿Adónde te vas? – le dijo sin parar de reír - ¿Te querés escapar? ¿Por qué mejor no hablas de una vez?
El Negro ya no podía responderle, solo lloraba y los miraba implorando.
- Por Dios – les dijo mirándolos.
- Nosotros somos Dios y el Señor quiere que hables.
El Negro hizo un silencio, triste, apagado, duro. El Turco y Angelito miraron al Gato y este les señaló con la cabeza el tacho de los desperdicios. Entre ambos lo arrastraron y metieron la cabeza del Negro en su interior. Ya no pensaba ni en Mary ni en su hijo, no podía. Sacaron su cabeza bañada en orina y mierda, el Negro no respondía.
- ¿Y…? – preguntó el Gato mientras Angelito lo ponía nuevamente de cuclillas.
El Turco le propinó un golpe en la boca con el bastón de goma. Nuevamente volvió a escupir sangre y dientes.
Llanto.
- Me cansé hijo de puta – gritó el Gato, mientras con un puntapié violento golpeaba el pecho del Negro. Él emitió un quejido agudo, profundo mientras de su boca manaba un vómito de sangre. Calló de espaldas con los ojos abiertos y dejó de llorar. El Turco le tomó el pulso y verificó su respiración.
- Che Gato, me parece que se te fue la mano.
- Pucha que era flojito. Bueno, que sé yo, tírenlo por ahí.

Dos días después el cuerpo del Negro fue encontrado por un cartonero en un terreno baldío.
No hubo testigos.

2 comentarios:

  1. !Dios mio!..

    que puedo decir, se me encoje en corazón y la voluntad se me vuelve ira...

    y siento... lo mas que estan las cosas, cuando el ser humano, deja de ser humano..

    Un beso.. y duelen estos relatos.. prefiero los otros... si.. si ya lo sé... soy superficial... pero.. que le vamos a hacer, tambien hay que aceptarse como una es...

    vamos digo yo???

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  2. Dudaba entre seguir leyendo o parar..., decidí seguir por si todo era un infernal sueño..., por si alguien venia y ayudaba al Negro, ¡fue horrible leerlo ya que sin pretenderlo lo visualicé...!, me siento fatal, porque sé que por desgracia estos abusos existen y tu lo relatas con toda su crudeza...

    Saludos.

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